En el baile

Ya estoy en el baile y ¡tengo que bailar!

Siempre fui de ser la última en irme de la fiesta o esa a la que enganchaban las luces cuando se prendían mientras los demás huían a las sombras.

Eso sí, de ser el centro de atención de MI fiesta ¡ni hablar! Cuando me tocó el estrellato no hubo vals que me conformara ni momento más estresante que quedar expuesta ante los ojos de mis queridos amigos y familiares en el momento crucial de la fiesta. Sabía que eso podía pasarme y mi previsión me permitió elegir una melodía que me diera la posibilidad de serenarme frente a la multitud. En realidad fue una elección conjunta porque los dos sentíamos el mismo pudor. Después, papá, hermano, cuñados, suegros rompieron el hielo y se sumergieron en el océano de la formalidad. Lo siguieron amigos de ambos, mamá, tía y hermana y demás mujeres que decidieron estar presentes y romper con la monotonía masculina.

En el final de ese momento, también lo consensuamos, nos íbamos a mirar, volveríamos a bailar juntos y le haríamos un guiño al DJ para que pusiera el tema “Bombón asesino” que inauguraría la fiesta.

Todo fue a pedir de boca, la gente se divirtió a lo largo de la noche. Y empezó una nueva vida para los dos.

Hoy, casi tres años después de ese baile estoy en otro. Yo, un poco más pesada, sin ropa ni aros –porque me los hicieron sacar- esperando y pensando qué música me acompañará. A esta altura me cuesta imaginar cómo será una danza de tres pero creo que no será tan difícil después de haber bailado con “Peque” en la panza en cada evento de estos últimos nueve meses.

Ya estoy lista en la camilla y veo las luces del techo. Me olvido de decirle a la enfermera que en la habitación dejé mi música pero ¡qué voy a volver! Ya estoy en el baile y ¡tengo que bailar!

La espera

“La espera me agotó…” Gustavo Cerati

Podría haber sido dulce pero fue muy amarga.

Podría haber durado unos fantásticos nueve meses pero sólo duró unas horas.

Podría haber sido tantas cosas… Pero fue fuera de lugar, ectópico.

Un tópico para sentarme a escribir y hacer catarsis de una situación que se llevó mucha de mi característica energía y, finalmente también, mi trompa derecha.

Eso sí, se encargó de traerme impotencia en dosis abismales y efectos colaterales.

Abandonarse a una espera de horas que se hace interminable no es sencillo. Recibir la información de a poco, para esta paciente no es el mejor remedio. Todo de golpe tampoco y, encima fuera de lugar y fuera de tiempo, no se dan una idea.

Otra vez resuena la pregunta, a gritos, y hace gran eco en mi interior: ¿Qué tengo que aprender? La respuesta se está haciendo esperar también, parece que hasta la pregunta está fuera de lugar.

Soy una enferma de sacarle el lado positivo a todo, de mirar la luz en la oscuridad, de dar crédito siempre a la parte buena pero ayer, por primera vez en mi vida, me “enfermé” de frustración y sinceridad. Y cuando me hicieron referencia a cada situación trágica que viven otras personas los paré en seco, con una respuesta tan visceral que, en otro momento, hubiese sido imperdonable e irreproducible para mi ser habitual: “ya sé que a la gente le pasan cosas terribles pero esto me está pasando a mí y qué mierda me importa que la gente se muera, hoy no, hoy estoy enojada por primera vez y no me importa nada. Mañana volveré a relucir mi don de la empatía y racionalmente sentiré que soy una afortunada y hasta quizás estaré agradecida pero HOY NO”. El silencio fue absoluto y mi eco interior acompañó la quietud.

No quise ver ni hablar con nadie. Una vez más, y como es costumbre para mis momentos más movilizadores, me recluí en mi mundo interior complejo, tratando de resolver algún enigma perdido por ahí, de atar cabos, de entender, de aceptar. Sabiendo que Pequeño estaba en buenas manos, me dediqué a sentir bien profundo. Y mi voz no se hizo esperar. Mi enojo se dio el lujo de salir a borbotones, a flor de piel, en forma de palabras y extrema lucidez. Amor mayor fue el testigo privilegiado de mis filtros rotos y, sin embargo, en su mirada oyente y triste, alcancé a descubrir un atisbo de grata sorpresa y alegría, además de la contención y comprensión habituales, por escucharme tan determinante. Me lo dijo, con su enorme sonrisa, y volví a reafirmar por qué lo elijo todos los días.

Esta no es la terrible certeza de nunca poder tener hijos; gracias a la existencia de Pequeño eso no es una posibilidad y sé que, aunque esta vez todo esté truncado, en un futuro volveré a ser mamá. Este no era el momento, me quedó más que claro el mensaje.

Confieso que me enojé mucho con las mujeres, no con todas y, ojo, del grupo objeto tampoco se me vino ningún nombre ni cara a la mente (lo aclaro porque conozco y quiero a muchas que lo han hecho). Al momento de entrar al quirófano también le vomité gratuitamente al anestesista: “no entiendo que la gente elija estar en este lugar voluntariamente, no me entra en la cabeza”. En la charla con mi médica repetí la frase y agregué: “si hoy tengo que decidir mi futuro te digo que no me hago una estética ni loca y te aclaro que para mi próximo embarazo vamos a tener que trabajar juntas porque quiero un parto natural y no volver a entrar ahí”. Debo aclarar que mi recuperación de esta operación fue muchísimo más rápida que la de la cesárea.

A pesar de todo también hubo tiempo para el humor y mi sonrisa floreció entre mis lágrimas varias veces. Descubrí que puedo decir cosas terribles y contundentes sin echar llamaradas por los ojos y eso me hizo sentir que era yo misma la que estaba ahí; me sentí tranquila de no haberme abandonado.

Terminó la espera amarga para la operación y para animarme a decir las cosas.

Empezó otra espera, que seguramente será lenta, como todos mis procesos, profunda y también fructífera. Esta vez algo cambió y me tendré toda la paciencia del mundo. Sé que me volveré cada día menos “perfecta” y más humana. Bienvenid@ quien sepa aceptarlo y, quien no pueda, será en la próxima vida. Mientras tanto estoy sobreviviendo de a poco, levantando cabeza y con el corazón fortalecido y agradecido por toda la contención y el cariño que dejé que llegara de mis afectos…

La cara de plenitud y alegría de Pequeño cuando me vio salir de la clínica, su sonrisa franca y su pregunta: “¿me podés hacer upa?” pagaron cada centavo del precio de esta experiencia no elegida.

La peor espera terminó y la certeza me la dan el llamado de mi hijo en medio de esta oscura e insómnica madrugada y su abrazo apretado y seguro, para cerciorase de que estoy con él, a su lado; en mi hogar, dulce, amoroso, contenedor, anhelado y tranquilizador hogar…

Entrada triunfal

Alguien a quien quiero mucho mañana será inducida para dar a luz a su primer hijo… me mandó un mensaje para contarme que mañana a la tarde estará con su pequeño en brazos…

Se me desborda el corazón y se me caen solas las lágrimas. Hoy recordé durante todo el día la previa al nacimiento del Pequeñín. A mí me pasó algo extraño: no tenía ni una pizca de ansiedad porque llegara. Tenía ganas de conocer su cara, sí pero no estaba loca por eso –la locura llegó después, con él en brazos, cuando se presentó el puerperio intempestivamente- y menos aún porque adelantara su irrupción en el mundo. Siempre tuve presente que sería cuando tuviera que ser, independientemente de mis deseos.

Mi Pequeñito nació tres días antes de cumplir 42 semanas de gestación, lo máximo a lo que mi obstetra me esperaba, bah, lo esperaba a él… hace poco me enteré que fue un día de calor, gracias al recuerdo de una querida amiga mía, que está esperando a su segundo hijo para mediados de julio.

La llegada de Pequeñito fue maravillosa, a pesar de que me indujeron yo nunca sentí que eso era un espanto, como cuentan algunos libros que leí. 9 días antes de llegar Pequeñito, amor mayor se engripó por primera vez en su vida, con 40.5 de fiebre y todos los síntomas de gripe fuerte. Él andaba con barbijo en casa, no fuera cosa que nos contagiara y menos que menos, que el Pequeñito decidiera salir antes y él no pudiera entrar a presenciar el parto…

El último domingo de panza almorcé con mis padres, mi hermano y su novia y mi hermana. Tengo muchas fotos de ese almuerzo que cada vez que las veo me parece revivir esa sensación de “ya está”.

Yo tenía fecha para un jueves de septiembre pero estaba con uno de dilatación desde hacía tres semanas y la doc me mandó a casa de nuevo con la consigna: “si no pasa nada el fin de semana, el domingo a la noche te venís a internar. El lunes nace, es lo máximo que te puedo esperar”. Cazó el teléfono y pidió una cama para mí. Recuerdo que mi pregunta fue: “¿qué tengo que comer esa noche?”, “lo que vos quieras” me respondió.

No recuerdo qué hicimos el viernes ni el sábado durante el día pero el sábado a la noche amor mayor me invitó a cenar a un lugar divino, un restó privado que le dicen… la pasamos hermoso, despidiéndonos de nuestra “soledad” para siempre. Imaginándonos cómo sería Pequeñín, a quién se parecería… cómo nos organizaríamos… en la nube rosa de los primerizos… que no deja de ser bella pero es tan ingenua!!! Volvimos tarde, nos sacamos un par de fotos en el dormitorio del bebé, dormimos.

El domingo el almuerzo familiar y miles de mensajes de texto de la gente que quiero, con un cariño tan pero tan expreso que los tengo guardados en el celular y es una de las razones de más peso por la que me niego a cambiar mi aparato obsoleto. Tanto cariño recibí ese día, tantas palabras maravillosas llegaron a mi corazón que a veces las releo y busco los mensajes “entre líneas” de las que ya eran madres en ese momento.

Antes de bañarme hice algo que no había hecho en mi vida entera: le pedí a mi amor mayor que me ayudara a depilarme la entrepierna por el parto… si bien mi médica me dijo que a ella no le importaba en absoluto que la selva anidara allí confieso que me dio vergüenza más con ella que con amor mayor. Él, con una delicadeza y una paciencia absoluta lo hizo como pudo, como le salió. Demasiado bien, considerando que en su vida se le hubiera ocurrido que iba a depilar a una mujer a punto de parir. Fue un momento del que no hablé nunca con nadie creo, muy íntimo, más que cualquier otro que haya vivido. Ahí los dos, en ese brete, por esa razón, con ese corazón que nos puso en sintonía de una manera nunca antes imaginada. Nunca hablamos de esto con amor mayor, debería retomar el tema algún día.

Finalmente, nos pedimos un lomito para los dos, nos acostamos a ver el último capítulo de la primera temporada de “El hombre de tu vida” en canal 8 de Córdoba y cuando terminó fui al baño, a peinarme y lavarme los dientes. Dimos vuelta un ratito más, miré mi casa y nos dispusimos a partir. Íbamos en el auto hablando: “cuando volvamos a casa Pequeñín vendrá en brazos”.

Llegamos a las 00:15 del día que nació mi hijo.

Nos acostamos en la sala de pre parto y no dormimos nada de nada. En realidad yo no dormí porque él estaba tan cansado que dos horitas habrá dormido. A las cinco la pastillita, a las 8 apareció la doctora y a media mañana, en una de las visitas de la doc le pregunté si era normal que me dolieran los ovarios intensamente. “Son las contracciones” me contó ella. Perdí el tapón mucoso en una de mis idas al baño, me hicieron tacto aunque no muchas veces y confieso que los dos pibes que lo hicieron me pedían disculpas antes de cada vez y me decían que era necesario, que me relajara para que sintiera menos esa situación. Nunca me hicieron doler.

En medio de  todo eso, yo tenía la sensación de cuando me presentaba en la facu a rendir una materia, habiendo estudiado mucho y sabiendo todo pero teniendo una tremenda laguna mental. Había hecho el curso pre parto, sabía la teoría a la perfección, había aprendido a respirar para pujar pero hasta los nombres de las respiraciones me había olvidado.

Amor mayor se fue a desayunar y entró mi mamá. Nunca tuve una relación de antología con ella pero en ese momento verdaderamente quería que si amor mayor se iba, llegara ella y nadie más que ella. No recuerdo si hablamos o no, sólo recuerdo que cuando salió me dio un beso en la frente y me acarició mi cachete con una ternura conmigo que nunca le había visto y que no volví a ver después.

La doc seguía yendo y viniendo y yo no recuerdo qué le decía, sólo recuerdo que me sentía en una burbuja en la que escuchaba todo lejos… cuando venía una contracción, amor mayor me sostenía y me masajeaba la espalda. Yo lo miraba cómo movía sus labios pero no le escuchaba nada.

Capítulo aparte para mi suegra, que apareció abriendo la puerta de la sala en la que estaba prohibido entrar según los carteles gritando “nena ¿cómo están?, ¿vas a cesárea?”… en el momento exacto en que yo estaba doblada, con la bata semi abierta, mientras me pinchaban con la peridural. La sacaron carpiendo los anestesistas y su propio hijo…

En ese momento volví del más allá, empecé a hacer chistes, me reía como loca, le mandé mensajes de texto a mis amigas bendiciendo a la peridural… hasta la doc me hablaba y me decía: “cómo te hacés la chistosa ahora”

Pujé cuatro veces, amor mayor me agarraba la pierna izquierda a pedido de la doc. Confieso y confesé en ese momento a la doc que tenía miedo de hacerme caca… “no importa” me dijo. Amor mayor vio todo eso y la doc me comentó que mi pequeñito venía de cara, razón por la cual mi dilatación 8 podía llegar a no ser suficiente. Podía esperarme dos horas más y que yo llegara a 10 pero lo dejó a criterio nuestro. Amor mayor estaba cansado y asustado. Me dijo que fuéramos a cesárea. Yo le dije a él que si quería podíamos esperar un rato más así presenciaba el parto e, inmediatamente, le pregunté a la doc si el hecho de tener una cesárea me obligaba a tener otros niños sólo de ese modo. “Si esperás un año y  tres meses para quedar embarazada de nuevo podés tener un parto natural”… Listo, amor mayor compró y yo fui a cesárea.

Mi cuerpo temblaba de un modo que jamás imaginé. Me hicieron sacar el piercing y los aros… verdaderamente desnuda fui a la sala… Cofia… mezcla de nervios, ansiedad, impaciencia, alegría, ganas de conocerlo…

En la sala estaban escuchando música, yo cerraba los ojos y cantaba, dije que tenía sueño recuerdo, pero no me quería dormir. Y sí, estaba cansada, hacía más de 24 horas que no dormía…

Sonó Vicentico “sólo un momento” y la doc dijo: “ahí viene, ahí viene… hola mamá”…

Lo vi.

Sus ojos, esos ojos, mis ojos, los de su papá.

Bien abiertos…

Su mirada fue la más profunda que vi en mi vida. Salió a su papá en esa profundidad.

Los ojos de amor mayor en su hijo, esa mirada tan especial trascendiendo fronteras y cuerpos.

Lo amo desde entonces, como siempre, como nunca… lo amo.

Así, mágicamente, como dice Vicentico: “es sólo un momento, es una mirada y saber cuál es el camino y así, nada más”

Así se inauguró nuestra relación fuera de la panza… con una entrada (o salida), y mirada, triunfal…

Homenaje a la memoria

La catástrofe llegó y logró algo insólito: perdiste la memoria… Sí, vos que recordabas cada detalle, cada punto y coma de lo que viviste, escuchaste, sentiste… ¡No te asustes! Eso es maravilloso porque habías llegado a un punto en el que nada nuevo parecía encontrar lugar para ser recordado…

Por eso, y como siempre pensabas, de esto también aprenderás algo y le encontrarás un nuevo sentido a esta vida sin recuerdos, sin memoria.

Ok, vamos a lo que sería realmente importante que recuerdes:

Sos mamá desde hace 12 años y medio y eso, eso te cambió radicalmente la vida. Pequeño llegó para ponerte el mundo de cabeza y a desatar tu corazón. Te costó un poco animarte a enfrentar nuevamente la crisis hormonal pero sucumbiste a esa revolución dos veces más. Todavía no sabemos qué nombres les habrás puesto ni si habrás superado la etapa de no exponerlos públicamente en el blog pero completaré este post a medida que vayan llegando a tu vida.

Tus hijos son también los hijos de Amor Mayor, ese amigo convertido en amor incondicional y compañero de proyectos y de vida que te hizo descubrir y entender que el amor existe si nos elegimos todos los días… Tu familia es lo más importante para recordar porque son quienes han vivido la parte de tu vida que elegiste libremente transitar.

Tus padres quizás ya no estén en el mundo… ojalá todavía coincidan física y mentalmente en esta parte del tiempo. Si es así, seguro con este virus de pérdida de memoria necesiten de tu contención… ojalá estén para, por lo menos, tener la certeza de que disfrutaron de sus nietos durante los últimos diez años…

Tus hermanos, como los viejos, fueron y son pilares de sostén imprescindibles en tu vida, te acompañaron y mucho, es importantísimo que lo sepas pero la libertad, de ser y sentir, que lograste en tu hogar con tu Amor Mayor e hijos no se compara a ningún recuerdo de la casa paterna… 

¿Tu trabajo?… No importa dónde queda ni todo lo que gracias a él conseguiste, importa que te enseñó mucho y que lo que allí pasaste te ayudó a ser quien sos. Por lo pronto, es momento de recordar que tu pasión siempre estuvo orientada hacia el arte: letras, música, teatro… expresión… A eso podrías dedicarte ahora, total nadie hoy recuerda nada, ni siquiera tu labor, tu trabajo diario… Al fin y al cabo, no recordar eso no pesará tanto…

Me gustaría imaginar que seguirás viendo el vaso medio lleno… o quizás frente a esta situación puede que no lo sientas así y te encuentres perdida porque para vos eran tan pero tan necesarios los hilos invisibles que tejen los vínculos que olvidar cómo se lograron componer podría desorientarte, incluso hasta angustiarte… 

No te asustes… Sabés que se puede volver a escribir en una hoja en blanco, como cada vez que decidiste tomar las riendas de tu vida.

Es TU momento de escribir la historia sin recuerdos, como si recién hubieras nacido pero con un poquito más de experiencia, seguridad y valor… 

Agarrá a los tuyos y besalos mucho, abrazalos fuerte… aunque hayas perdido los recuerdos seguro podrás reconocerlos porque el corazón sí tiene memoria… y esa no se pierde.

De todas maneras, te cuento que también te gustaban mucho las fotos, desde pequeña. Tenés una máquina para capturar momentos desde los 13 años… así que te armé un álbum (¿de qué otro modo podría ser?) que está guardado en tu placard, adentro de una caja forrada. Ahí encontrarás imágenes de la gente que más querés y de los momentos más lindos que viviste con ellos. Eso te ayudará a reconstruir los recuerdos vinculares que son los que más te importan: tu familia pequeña y la grande, tus grandes amigos.

No te asustes, como titular puedo decirte que has tenido una vida feliz y esa certeza es la que debe darte alas para recorrer el camino que te queda y armar nuevos recuerdos… Image

 

La búsqueda ¿infinita?

Es muy raro buscarse todo el tiempo. ¿Así lo sentirán los demás?

Yo tengo esa sensación de búsqueda permanente, no de la felicidad, no de la motivación… busco, busco, me busco y a veces llego a cansarme de no encontrarme…

¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Quién quiero ser? ¿Qué me hace feliz?

Preguntas y más preguntas.

También me cuestiono si esta duda cíclica venía en el chip o si la realidad es que la maternidad me voló la cabeza más de lo que yo quisiera entender, saber, elucubrar.

Y después descubro que sí, esto venía en el chip. Sólo que la llegada de Pequeño hizo que las preguntas se ahondaran y calaran más profundo en mí cada vez que llega el ciclo en que toca hacerlas…

Entonces pienso que ojalá Pequeño rescate esa parte de mi ser, que muchas veces me da satisfacciones y otras tantas me hace frustrar. Ojalá que él tenga la imagen de esta mamá que siempre está buscando respuestas, que siempre se hace preguntas, que no se queda… pero ojalá no me vea como una mamá inconformista, a la que nunca le es suficiente nada.

Últimamente mi estado de ánimo no es el mejor pero por primera vez en mi vida estoy ejercitando la paciencia conmigo. Por supuesto que Pequeño y Amor mayor también se ven obligados a hacerlo, no voy a quitarles el mérito.

El temita que tengo es que no suelo hablar del tema y no sé qué tan bien me hace. Otro inconveniente es que antes de la llegada de Pequeño yo tenía mucho tiempo –aunque no lo sabía en el momento, claro está- para procesar mis preguntas y encontrar una respuesta. Ahora mis procesos quedan a la mitad y eso me produce mucho desorden en mi pequeña pero llena cabecita.

Yo me pregunto cómo se hace para recuperar ese tiempo, a dónde es que una puede encontrar ese tiempo para pensar y, al menos, llegar a una conclusión.

Estoy segura de que es muy necesario para mí encontrar, en este momento, no tanto la respuesta como el equilibrio perdido entre ser yo misma, ser en sociedad, ser en familia, ser mamá, ser amor, ser esposa, ser amiga, ser… ¿qué quiero ser? ¿qué quiero hacer?

En mi trabajo estoy en stand by, y no puedo decir que no me gusta porque trabajo de lo que estudié pero… ¿trabajo de lo que amo?

Complicado, muy complicado…

Y bueno, paciencia… algún día llegarán las respuestas… o no… no sé… quizás…

No quiero que se me pase la vida en el juego de preguntas y respuestas… quiero vivir sin tanto cuestionamiento, sólo sintiendo… pero no, no es sano eso tampoco…

Equilibrio… ¿dónde estás? Te estoy buscando ¿cuándo llegás?

Cuando escribo llega… cuando escribo…

Y ¿por qué no escribo?

Porque no me hago el tiempo, porque las palabras salen a borbotones, porque no tengo ordenada mi cabeza… claro… ¿y si escribo con el corazón? ¡Ahí está la respuesta!

El regalo de la vida

Hoy no es un día cualquiera… hoy se cumple un nuevo aniversario de mi llegada al mundo. Maravilloso, la vida es un gran regalo. Pienso en mi mamá y en mi papá, que son los primeros que hicieron posible que yo esté aquí; pienso en cómo habrá sido para ellos mi llegada a sus vidas, en las cosas que habrán dejado ir, las cosas que habrán postergado, las cosas que habrán elegido y las que no.

Pienso que soy importante, que llegué a cambiar muchas cosas que estaban de un modo y que a partir de mi llegada fueron diferentes. No recuerdo cómo fue la llegada de mis hermanos pero seguramente ellos también llegaron para cambiar nuestras vidas.

Sólo quiero un regalo: ponerme al día. Pero no con lo pendiente operativo (lavar, planchar, ordenar, cocinar, arreglar, correr, sacar de lugar) sino conmigo. Hoy empieza una nueva etapa en mi vida. Ayer, en la previa, me descubrí distinta, sentí como si me cambiara la piel, como si algo en mí se transformara.

Hoy, unos años después de mi llegada que cambió la vida de muchos, me veo lista para modificar cosas imperceptibles para el resto pero muy necesarias para seguir avanzando. Basta de detenerme a llorar por cada tropiezo, por cada caída. A seguir avanzando…  

Mutando, así me encuentra este nuevo año.

Celebro un año más de vida. Que no es poco.

Felicidades para mí.

Fin de año… principio de muchas cosas…

En mi caso particular, el año que hoy termina será uno para recordar porque, como pensaba ayer, fue un año intenso: con amor mayor y Pequeño hicimos un gran viaje y fueron nuestras primeras gran vacaciones. Vivimos también dos meses con mis padres y sobreviví!!! Me decidí a escribir y acá me tienen, no soy tan buena alumna pero sí siento que he podido sacar algo de lo que tengo dentro mío desde que Pequeño llegó a mi vida. También siento que pude decir cosas desde mi rol de madre, el más maravilloso que me toca desempeñar.

Mi hijo crece, a pasos agigantados, me lleva mucha ventaja… a veces ese crecimiento sin límites no me da tiempo para pensar pero creo que he sabido hacerme tiempo para mí este año, he sabido cómo hacer un espacio para sentarme a escribir y a transmitir mensajes que creo importantes.

La relación con amor mayor también ha sido intensa, hemos logrado varios proyectos que estaban pendientes, hemos hablado mucho, hemos tenido también que hacernos tiempo para poder ponernos al día y lo hemos logrado. También hemos tenido momentos difíciles –vivir con mis padres fue uno de ellos- pero el amor sigue firme y las ganas de alimentarlo también.

Ha sido un excelente año en mi vida pese al desencanto social del último mes, pese a la desilusión de las cosas que se han vivido en mi ciudad, a pesar de terminar energéticamente agotada este 2013. A pesar de todo esto no puedo dejar que se empañe el recuerdo del buen año vivido…

Me encuentro cada vez más siendo quien quiero ser, diciendo lo que quiero decir, aunque sea desde el anonimato pero teniendo la seguridad de que estoy haciendo lo que quiero hacer.

Adiós buen y excelente año, espero que el próximo también me permita seguir siendo, ser, sentir, escribir, amar… y agradezco un año más en mi vida y espero tener la posibilidad de seguir en este mundo para presenciar el crecimiento de mi hijo y verlo ser feliz…

Noche independiente

Anoche mi Pequeñito daba vueltas en la cama de mamá y papá para dormirse, como lo hace desde el día en que con amor mayor decidimos, puertas adentro, hacer lo que tuvimos ganas: dejar que duerma con nosotros porque tan pequeño y solo y nosotros acompañándonos… ¿por qué no él?…

Y eso que soy una madre que defiende a rajatabla los espacios de intimidad de los padres y la necesaria y temprana “independización” de los niños respecto a tener su propio cuarto. De hecho, desde que mi hijo nació, se acostumbró a dormir durante el día en su cuna, a plena luz del sol. Todo para que días después de haber cumplido 4 meses  comenzara a dormir en su cuna. Y sí, él se dormía en nuestros brazos y nosotros lo acostábamos en su cuna, en la que pasaba la noche completa… y yo dormía mucho mejor que cuando estaba en el moisés, al lado de mi cama, porque al menos no escuchaba sus interminables ruiditos cuando remoloneaba durante la noche.

Pasaron los meses y, en vez de dormirse en los brazos, comenzó a dormirse abrazado a mí. Y siguieron pasando los meses y adquirió el hábito maravilloso de pedir cuentos a papá y mamá y, después de despedirse de la luz y el cielo y la luna y las estrellas, y posterior también a preguntar por todo su árbol genealógico (abuelos, tíos, primos, perros del vecindario y todo pajarito que anduviese dando vueltas en el árbol), se dormía plácidamente en medio de mamá y papá, con su mano derecha en mi mejilla y la mano izquierda en el cachete de amor mayor.

Eso sí, nada de dormir toda la noche con nosotros.

 Al principio, apenas se dormía, uno de los dos nos levantábamos a llevarlo dormido, claro está, a su cuna y nos disponíamos a volver a prender luces, el tv y todo lo que hacía que la casa esté en movimiento. Mucho más cerca en el tiempo no volvíamos a prender las luces ni el tv y además, eran más las veces en que nosotros nos dormíamos antes que él.

Así que el primero en despertarse a la madrugada para ir al baño, se ocupaba tácitamente de llevar a la criatura, desnucada, a su cuna. Si digo que fue sólo una la madrugada en la que se despertó y pidió volver a mi cama a ver una peli no exagero. Una madrugada que bastó para que entendamos que si eso se repetía no volvía a dormir con nosotros. De 4 a 7 de la mañana tratando de convencerlo de quedarse ahí, haciendo el show de la hamaca para que duerma y cuando osábamos ponerlo en su cuna se despertaba llorando, señalado la puerta para volver a nuestra cama. Esa noche fue agotadora y fuimos pasándonos la posta cuando los recursos a los que recurríamos no daban resultado. El tema es que ese inconveniente no se repitió así que volvimos a dejarlo dormir con nosotros. Se despertó otras madrugadas pero no pidió ir a la cama grande.

Es hermoso dormir con Pequeñito, más ahora que está completamente mamero y que me acaricia el pelo y mis cachetes antes de “perder la señal”… sí, muchas veces se mueve como loco y termino con su dedito gordo en mi fosa nasal izquierda o con su talón –posterior a su patadita de chancho- adentro de mi ojo, refregándome del dolor… o despertándome después de un tremendo ruido porque el niño se va para el lado de los pies y termina llorando en el suelo sin entender cómo llegó ahí…

Digan lo que digan, yo disfruto mucho dormir con él y, por suerte, amor mayor también. Nos damos panzadas de abrazos los tres, esos abrazos que me llenan el alma y que sirven como cualquier pastillita para dormir y que me hacen descansar mucho mejor aún.

Anoche Pequeñito se movía como loco y amor mayor le dijo que se quedara quieto y no hizo caso, entonces le preguntó si quería ir a dar vueltas cómodamente a su cuna. “Sí papá, quiero ir a cuna”, sentenció. Amor mayor lo llevó sin chupete. Lo escuché decirle: “que duermas bien mi amor y que sueñes con los angelitos” y me quedé esperando que nos llamara…

Hasta las 3:00 lo esperé ansiosamente y nada.

Mi hijo se durmió solo, en su cuna, sin chupete, por primera vez. No sé si así será las próximas noches pero sí sé que yo estuve dando vueltas en mi cama durante cuatro horas sin parar. Me levanté 5 veces a verlo y dormía plácidamente, la que no pegó un ojo fui yo. Lo extrañé entre medio de amor mayor y yo, extrañé estirar mi mano y encontrarme con su piernita o con su nariz. Extrañé sus golpes, su patadita de chancho, su olorcito a transpirado. Por eso no me podía dormir.

Mi Pequeñito está creciendo y me está doliendo a mí. Pero ojo, no es dolor porque crece… es dolor porque el tiempo se escurre de las manos, se empecina en ser veloz, porque no puedo detener la vorágine con la que está madurando. Porque aunque es chiquito ya no es mi bebé, es mi niño hermoso, al que amo con mi alma, que está adquiriendo independencia a pesar de que  cada vez que se golpea me viene a buscar, inocente, para que le dé un beso mío que le cure su dolor…

Maternidad sin photoshop pero con amigas

¿Por qué ser madres nos roba, también, tiempo de ese bendito lugar que tenemos al ser amigas y al tener las amigas que cosechamos antes de que el retoño llegase a nuestras vidas?

La maternidad hace estragos también en este ámbito…

Las amigas sin parejas, si ya se sentían lejos de una porque estaban sin compañía, ahora, con la criatura de por medio, más lejos se sienten porque no entienden ni jota de lo que significa este nuevo mundo. Ni hablar de aquellas que, encima de lo mencionado, jamás sintieron el instinto maternal femenino en su ser y por ende, menos que menos entienden que una se vuelva loca literalmente… de amor por la criatura y de locura por la espiral de cambios que se avecinan con su llegada.

Aquellas amigas emparejadas pero sin niños tampoco entienden mucho, ellas, que quizás no estén buscando quedar embarazadas, o sí, se hayan comprado como una misma (hasta dos horas después de que el niño nace), el cuento rosa que socialmente todos nos venden acerca de lo que significa ser madre.

Y las peores, sí, las peores… las amigas que ya eran madres antes que nosotras… esos seres perversos que siguieron alimentando ese chicle rosa con en el que todas nos ahogamos creyendo que las publicidades son la realidad y que todas seremos madres con photoshop… Pero bueno, ahora que yo formo parte de este último grupo me doy cuenta de que realmente es una decisión muy difícil… o te sumás al discurso de lo maravilloso que es ser madre, hablás del sacaleche, del coche, la cuna, el huevito y demás cuestiones triviales, recomendás a la futura madre que vaya al cine, que aproveche y duerma, bla bla bla bla… o… te convertís en la mala onda del grupo a la que parece que le cayó tan mal la maternidad que vomita todo y hace una catarsis espantosa en el afán de querer titular cómo es todo, sin entrar en detalles, y termina espantando a la incipiente madre, que quiere salir huyendo –claro- porque prefiere seguir alimentando el delirio moderno de la maternidad sin ojeras, con padres que sienten y hacen lo mismo que las madres, con abuelas dispuestas a ayudar, con tíos copados que no alteran chicos y te los dejan en estado de éxtasis cuando vos querés dormir y un millón de etcéteras que todos nos hacen creer…

Al fin de cuentas esas son las amigas con las que hacemos catarsis en los momentos de más crisis… las solas no pueden entender que una esté tan loca, las que están en pareja no pueden volver a su lugar la cara desencajada cuando nos ven así y las otras, las madres viejas, ya se olvidaron de todo lo que significa vivir un puerperio, si es que han tenido la desdicha de vivirlo porque, aclaro, hay muchas mujeres que no tienen idea de lo que significa el puerperio… esas, las bendecidas por todos los santos y astros, esas son las que nos terminan clavando el puñal con el: “ya va a pasar, vos estás pasada de vuelta, es eso… cuando vuelvas a dormir (y no te dicen que eso sucederá en 5 años), vas a ver todo desde otra perspectiva”…

Cómo no mencionar los benditos kilos de más que nos quedan, otra vez hay que aclarar que no a todas, y por los cuales nos sentimos no sólo unas locas sino unas vacas dignas de atar en un corral para no salir nunca más hasta que llegue el milagro que nos haga entender que la conducta y la voluntad en la alimentación son las únicas aliadas…

Pseudo soluciones que no sirven, comprobado, no científicamente, pero sí por mí:

–       No comer: no tiene sentido chicas, podés bancarte un día pero al día siguiente ves a cualquier hipopótamo y matás por comerlo crudo… entonces en un día comés lo que no comiste en una semana, te atragantás y te trancás, no vas al baño y bueno, todas saben cómo termina esta sensación espantosa de sentirse culpables…

–       Actividad física periódica: aquí, una salvedad, la actividad física periódica es lo mejor que te puede pasar, los resultados son progresivos PERO es prácticamente imposible lograr hacerse un tiempo los lunes y miércoles de 23 a 24 para ir al gimnasio en el único momento que podríamos encontrar para hacerlo. Si lo hacen, las felicito, aprovéchenlo porque es lo mejor que podrían hacer por ustedes mismas en ese momento…

–       Y he aquí el peor mito que atentó contra mi autoestima durante un año: dar la teta no me hizo bajar de peso a mí… para nada… eso sí, logró que tome mucha agua porque me moría de la sed pero de bajar de peso, nada… al contrario. Después de dar la teta parecía que me pasaba lo del primer punto y comía como si durante 7 días estuviéramos en escasez de alimentos.

–       Alimentación balanceada: sería lo ideal pero creo que esto sucede sólo en dos casos: cuando la pareja es cheff y nutricionista al mismo tiempo, le gusta cocinar y lo hace para todos; cuando una está tan equilibrada y tiene tanto tiempo que, además de pensar en lo que va a comprar para comer, lo cocina. De más está decir que estos casos no me tocaron ni de cerca.

En definitiva, y volvemos a lo mismo, lo único que nos salva es tener amigas, esas con las que recordamos que alguna vez tuvimos un cuerpito deseable, un excelente sentido del humor, la valentía de ponernos una minifalda aunque no fuéramos las modelos de piernas más cotizadas, la honestidad de contar hasta lo más íntimo y la inocencia de creer que, cuando nos convirtiéramos en madres, todo iba a ser como antes… las amigas, que a pesar de que no volvamos a nuestro eje tan rápido como quisiéramos, están ahí y nos esperan, aunque pasen meses sin que las veamos…